Con este segundo paso, dinamita lo único digno que había en su
carta: “El compromiso absoluto de comparecer ante las autoridades
tributarias y, si es necesario, ante instancias judiciales, para
acreditar estos hechos y de esta forma acabar con las insinuaciones y
comentarios”. Y deja en ridículo la expresión de “dolor” por lo que
“pueda significar para la gente de buena voluntad que pueda sentirse
defraudada en mi confianza”. Jordi Pujol aludía al carácter
“expiatorio” que la nota podía tener para él mismo. No hay expiación
posible sin el restablecimiento de la verdad. Este era el único
compromiso que podía redimir mínimamente a Pujol ante los que confiaron
ciegamente en él y se sienten profundamente engañados. Todo ciudadano
tiene derecho a defenderse por todos los mecanismos que le ofrece la
ley, aunque todos sabemos que hay demasiadas facilidades para que, con
dinero y buenos abogados, lo que deberían ser instrumentos garantistas
se convierten en vías directas a la impunidad, pero esto es tema para
otro artículo. Pero Jordi Pujol no es un ciudadano cualquiera. Jordi
Pujol ha sido más de veinte años presidente de Cataluña y ha ejercido
desde una rara mimesis con lo que entendía como el destino del país,
pretendiendo ejercer no sólo de autoridad política, sino moral.
Corresponde a la psicología explicar los límites del cinismo y los
mecanismos de la doble personalidad. Por mucho que el president
identificara el destino de Cataluña y el suyo, por mucho que entendiera
la Generalitat como algo patrimonial, como hizo notar su esposa, Marta
Ferrusola, diciendo que les habían echado de casa cuando Maragall ganó
la presidencia, es difícil entender cómo caminaba a la vez por la vía
pública de la pasión del poder, por la vía opaca de la pasión por el
dinero, del que nunca hizo ostentación, pero del que ahora parece
descubrirse una irrefrenable necesidad de tenerlo. Jordi Pujol, si
quiere guardar una mínima credibilidad sobre lo que hizo como
presidente, sólo tiene un camino: explicarlo todo, caiga quien caiga. Y
ha escogido el que ahora sabemos que era el camino de siempre: proteger
a los hijos, aun a costa de hundir toda su trayectoria.
Jordi Pujol ha bajado de golpe del pedestal al que una parte del
país le había elevado. A pesar de discrepar en muchas cosas, siempre me
gustó conversar con él, siempre me interesó su sentido del poder,
siempre me sorprendió su cultura política y siempre me dejó alguna
señal inquietante entre sus palabras. Ahora quizá entiendo mejor su
especial inquina con la alta burguesía catalana. “Tú y yo, con los
apellidos que tenemos, nunca seremos nadie en este país, siempre
seremos unos outsiders”, me dijo un día siendo ya presidente.
O “no te fíes de los grandes empresarios catalanes, sólo les interesa
lo suyo, nunca harán nada por el país”. Quizá estas frases, en el
fondo, eran pura melancolía, reflejo del deseo que ocultaba en cuentas
en Suiza o en manos familiares. Pujol, que pretendía salvar al país,
acaba con una inmensa deuda con todos. Que sólo podría reparar
explicando de verdad todo lo que pasó. Desde luego, si no lo hace,
habrá perdido definitivamente la batalla para sobrevivirse. Y nos
pondrá muy difícil un balance mínimamente objetivo de lo que fueron sus
años de gestión, contaminados por la mentira y el encubrimiento. La
ambición es sana, porque despierta el lado creativo de la voluntad de
poder; la codicia es ciega y, a la larga, autodestructora. Quizá este
es el drama de Pujol.
Fuente: elpais.com
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